miércoles, 11 de febrero de 2009

La suma de los días - ISABELL ALLENDE

- ... Por fin aflojó la ira de la tormenta y con la primera luz en la ventana me duché y me vestí, mientras Willie, envuelto en su bata de jeque trasnochado, iba a la cocina.

El olor del café recién molido me llegó como una caricia: aromaterapia.

Estas rutinas de cada día nos unen más que los alborotos de la pasión; cuando estamos separados es esta danza discreta lo que más falta nos hace. Necesitamos sentir al otro presente en ese espacio intangible que es sólo nuestro.

Un frío amanecer, café con tostadas, tiempo para escribir, una perra que mueve la cola y mi amante; la vida no puede ser mejor.

Después Willie me dio un abrazo de despedida, porque yo partía para un viaje largo. «Buena suerte», susurró, como hace cada año en este día, y me fui con abrigo y paraguas, bajé seis escalones, pasé bordeando la piscina, crucé diecisiete metros de jardín y llegué a la casita donde escribo, mi cuchitril.